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* Miembro de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana (AIELC).

* Miembro de Escritores Club (Agrupación de Escritores Independientes de Habla Hispana).

* Asesor de la Academia Filosófica Hebrea "Sinaí".


Dirección de correo electrónico personal del autor:

rudyspillman@gmail.com


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octubre 30, 2009

Confesiones de un tullido afectivo

¿Se puede contar un secreto en la red y que continúe siendo tal? Me parece que no. Me refiero, más precisamente en un blog, a través de un artículo escrito. Y para ser más preciso aún, me han dado ganas de ventilar un secreto aquí y ahora a costa de que deje de serlo, por supuesto. Les he mentido. Sí, y no me avergüenza admitirlo. El sentido peyorativo que la sociedad le atribuye a la mentira a mi juicio no es tal. Ya desde pequeños nuestros progenitores nos enseñan que "no se debe mentir". ¿Porqué? ¿Quién lo ha determinado así? Se entiende que se le enseñe este principio a un niño y en especial respecto de los padres puesto que el menor no es responsable de todos sus actos y puede ser peligroso a la hora de esconder o cambiar el relato de un hecho, como así también al referirnos a su mundo afectivo. Creo que nos queda claro a todos que cuanto más abiertos y sinceros logremos que sean nuestros hijos, al menos con nosotros, mayor será nuestra posibilidad de ayudarlos en sus conflictos, desarrollo y desenvolvimiento. Pero cuando ya somos adultos es una prerrogativa en absoluto nuestra el decidir en una determinada situación si mentir o no y también a quien. En última instancia deberemos cargar con las consecuencias o resultados (más precisamente hablando) de nuestros actos. Sean estos buenos o malos. Y eso se llama hacerse responsable. En general, quien miente recibe a priori la desaprobación social, cuando existen mentiras que debieran ser alabadas y otras que no revisten la importancia necesaria para ser aprobadas ni reprobadas sino que obedecen a una necesidad privativa de quien mintió y que no perjudica a nadie (como muchos casos provenientes del sentimiento de vergüenza). Pero los individuos suelen aceptar los principios inculcados por la sociedad donde viven, como autómatas. Hay personas entre las que me incluyo que preferimos hacerlo de otra manera a riesgo de equivocarnos. Por ello les mentí. El artículo que aquí mismo publiqué titulándolo: "El tullido afectivo", lo hice refiriéndome a que se trataba de un relato de ficción. No es así. No es de ficción, sino verídico. Silvio, la persona común que escribe su diario, en realidad soy yo a los treinta y ocho años de edad. Corría el año 1988, en Buenos Aires, exactamente un año antes de hacer la "aliá" (emigración) a Israel donde me radicaría con mi familia hasta la fecha. El diario era el mío propio. Mi "perro" en realidad era una perra llamada Daisy. Disculpen el haberles "metido el perro". Pero como podrán observar, mi mentira no ha dañado a nadie. Todo lo demás es verdad. ¿Porqué mentí? Eso no lo sé. Si quieren, averígüenlo ustedes mismos y luego me lo cuentan.