(Relato de ficción)
Silvio es una persona común, como tú y como yo, de treinta y ocho años de edad, casado, con hijos (no importa cuántos), trabaja... intenta vivir la vida como la sociedad manda. Quizás ese sea el problema. He encontrado en su diario íntimo una página que quisiera compartir contigo. Me ha dado su autorización comprometiéndome a utilizar un seudónimo.
El texto a mí me permitió reflexionar, actividad a la que me encuentro bastante adicto.
Aquí te dejo su escrito:
Coherente con mi propia forma de ser, nunca he sabido esperar el alta por parte del psicoterapeuta. Recuerdo aquella última sesión del Jueves pasado diciéndole al profesional: “Me siento sobre analizado, sobrecargado de análisis. Quiero tomar distancia, irme, esperar. No quiero analizar tanto”. En este preciso momento mientras escribo lo sucedido aquí sentado en una plaza a unas pocas cuadras de casa escucho a mi perro ladrar y una seguidilla de ladridos más lejanos de otros perros que parecieran responderle al mío. En ese momento me distraje de la escritura para pensar que entre ellos sí se entienden. Gran parte de mi tiempo lo empleo analizando e interpretando, por supuesto a mi manera, las cosas que percibo de la vida, a la gente que me rodea con quienes de alguna manera me comunico y a mí mismo, a quien más me cuesta entender y a quien sin duda alguna más me gustaría hacerlo. Pienso: “¡Qué fácil que es equivocarse! ¡Cuántos defectos tengo! ¡Y cuántos debo de tener que todavía no veo! ¡Qué fácil debería resultar no sentirse culpable, si en realidad no tenemos mucho que ver con lo que nos sucede! ¡Y sin embargo qué culpables nos sentimos!”. Me fui el último Jueves del diván sabiendo cuánto quedaba por resolver. No sé si este largo tiempo de terapia me sirvió para resolver algo pero sí para entender que algo muy importante quedaba dentro de mí sin resolver. Mi mundo de los sentimientos. En esta etapa me declaré lisa y llanamente un “tullido afectivo”. Y en el preciso momento en que comenzaba a penetrar en este mundo de los afectos me levanté del diván y me fui.

































































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