Nunca me lo hubiese imaginado de mí mismo. Estoy decepcionado.
Desde pequeño mi aversión a la idea de ingerir droga era tan pronunciada que cuando empecé a frecuentar "boliches", en especial en horarios nocturnos siempre me fijaba de pedir alguna gaseosa exigiendo que se abriera en mi presencia. Luego fui siendo más moderado pudiendo encargar algún cocktail u otra bebida alcohólica en lugares de mi confianza.
Mi rechazo hacia la droga expresado de esta paranoica manera tenía un solo y único motivo: temor, temor pánico a que una de las tantas que se trafican en el mercado entrara en mi organismo creando la inmediata adicción no querida. Y de allí en más la eterna dependencia. Perder el control sobre mí mismo, algo por lo que luché toda mi vida. Convertirme en quien no era, la idea sencillamente me espantaba.
Nunca había probado ninguna y por aquellos motivos no anidaba en mí la más mínima curiosidad por probar alguna. Además sabía que muchos jóvenes habían comenzado su adicción con la idea de sólo probar "para saber cómo era", "qué se siente". Hoy son drogadictos desesperados por encontrar la fórmula que los libere. Algunos, con mucho esfuerzo y constancia lo logran. Otros, lamentablemente no.
Con el paso de los años me he imaginado en diversas oportunidades cómo serían las sensaciones que a veces los adictos describen tan paradisíacamente. Y de acuerdo a las descripciones escuchadas había llegado a la conclusión que la sensación debía ser muy similar a la que se siente al meditar profundamente y habiendo acopiado una amplia experiencia y práctica en la disciplina.
Hasta que sucedió. No sé cómo, pero sucedió. Fue cuando mi mujer empezó a preparar los viernes, las milanesas de pollo al ajo (llamadas aquí "shnitzel" en hebreo) con papas fritas y berenjenas en aceite y también al ajo. Todo excepto las berenjenas se cocina al horno. No hay frituras, lo que la convierte en una comida más sana. Comida demasiado sencilla como para entusiasmarse tanto ¿verdad? Las milanesas parecen mollejas por lo blandas y sabrosas. Las papas, crocantes por fuera, puré por dentro. Combinar ambas con las berenjenas produce un deleite en mi paladar que me impide detenerme aun estando ya satisfecho. Sí, esto se llama gula. Uno de los siete pecados capitales. Pero me conformo con no pecar respecto de los otros seis. Y sepan que ni por un momento pienso en la rehabilitación. Sólo espero los días viernes, porque durante el resto de la semana me atengo a una estricta dieta. Frutas, verduras y sobretodo, baja en colesterol.
Desde pequeño mi aversión a la idea de ingerir droga era tan pronunciada que cuando empecé a frecuentar "boliches", en especial en horarios nocturnos siempre me fijaba de pedir alguna gaseosa exigiendo que se abriera en mi presencia. Luego fui siendo más moderado pudiendo encargar algún cocktail u otra bebida alcohólica en lugares de mi confianza.
Mi rechazo hacia la droga expresado de esta paranoica manera tenía un solo y único motivo: temor, temor pánico a que una de las tantas que se trafican en el mercado entrara en mi organismo creando la inmediata adicción no querida. Y de allí en más la eterna dependencia. Perder el control sobre mí mismo, algo por lo que luché toda mi vida. Convertirme en quien no era, la idea sencillamente me espantaba.
Nunca había probado ninguna y por aquellos motivos no anidaba en mí la más mínima curiosidad por probar alguna. Además sabía que muchos jóvenes habían comenzado su adicción con la idea de sólo probar "para saber cómo era", "qué se siente". Hoy son drogadictos desesperados por encontrar la fórmula que los libere. Algunos, con mucho esfuerzo y constancia lo logran. Otros, lamentablemente no.
Con el paso de los años me he imaginado en diversas oportunidades cómo serían las sensaciones que a veces los adictos describen tan paradisíacamente. Y de acuerdo a las descripciones escuchadas había llegado a la conclusión que la sensación debía ser muy similar a la que se siente al meditar profundamente y habiendo acopiado una amplia experiencia y práctica en la disciplina.
Hasta que sucedió. No sé cómo, pero sucedió. Fue cuando mi mujer empezó a preparar los viernes, las milanesas de pollo al ajo (llamadas aquí "shnitzel" en hebreo) con papas fritas y berenjenas en aceite y también al ajo. Todo excepto las berenjenas se cocina al horno. No hay frituras, lo que la convierte en una comida más sana. Comida demasiado sencilla como para entusiasmarse tanto ¿verdad? Las milanesas parecen mollejas por lo blandas y sabrosas. Las papas, crocantes por fuera, puré por dentro. Combinar ambas con las berenjenas produce un deleite en mi paladar que me impide detenerme aun estando ya satisfecho. Sí, esto se llama gula. Uno de los siete pecados capitales. Pero me conformo con no pecar respecto de los otros seis. Y sepan que ni por un momento pienso en la rehabilitación. Sólo espero los días viernes, porque durante el resto de la semana me atengo a una estricta dieta. Frutas, verduras y sobretodo, baja en colesterol.































































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