Habían transcurrido ya 3 o 4 largos años (no recuerdo bien) en los que venía practicando diariamente y de manera ininterrumpida la misma técnica de meditación. Es difícil explicar lo que se siente luego de la experiencia, o con ella. Pero diré que su práctica pasó a ser parte vital de mi existencia. No aparecía ningún tipo de planteamiento por el cual me cuestionara si continuar o no. Sencillamente, ésta llegaba de manera natural a mi cotidiana vida, al menos dos veces al día. A veces más. He estado triste, alegre, distendido, nervioso, enfermo, sano; con o sin problemas; yo continuaba siempre meditando en cualquier situación y circunstancia. Siempre que ésta me lo permitiera. He meditado en largos viajes de ómnibus, durante la convalecencia de una intervención quirúrgica en la cama de un hospital, volando en un avión, sentado en una oficina esperando mi turno para ser atendido. En estos años, sin embargo, hubo apenas unos pocos casos de fuerza mayor en los que involuntariamente he debido postergar mi meditación por períodos muy cortos. Pero ha ocurrido de la misma manera que sucede cuando nos dejamos de duchar por falta de agua, o no comemos por faltarnos el alimento.
Una laguna me impide a ciencia cierta saber si la experiencia que relataré sucedió en el cuarto o el quinto de los seminarios a los que he asistido. Pero lo que sí recuerdo bien es que la experiencia, no muy agradable, se repitió al año siguiente, de similar manera. Y fue la última vez que asistí al centro hasta el día de hoy. Aunque mantengo el contacto con ellos y continúo realizando mis prácticas con igual o mayor intensidad que antes.
En aquella oportunidad, anterior a la última, llegué al centro con la misma buena predisposición que lo hacía todos los años. Me asignaron una habitación, deposité mis pertenencias en 2 bolsitas numeradas y me fui a instalar. A estas alturas, gracias a las canas que peinaría si tuviese cabello y también a la veteranía en mi asistencia al campus gozaba del privilegio de recibir una habitación muy bien ubicada. Todo comenzó como de costumbre. Mis meditaciones, año tras año, cuando llegaba al centro experimentaban una mayor profundidad y una renovada agilidad en el proceso de la práctica. Ello condicionaba mi entrada en trance en apenas segundos de iniciada la meditación y a veces permanecía en un semi trance durante largas horas en que no me encontraba meditando, sino desplazándome al comedor, lavando, aseándome o simplemente descansando. Esta situación es común en muchos meditadores. El maestro me explicaba que yo practicaba con mucha intensidad, tieso, sin cambiar de posición ni moverme durante largo tiempo. Esto practicado de pronto en un lugar donde alrededor de 140 personas realizan la misma actividad genera una energía positiva muy especial que potencia la actividad individual de cada uno. Intentando así mantener la ecuanimidad respecto de todo lo placentero y desagradable que me pudiera suceder a lo largo de mis prácticas, continué, relajado, sin pausa pero hacia adelante, trabajando en mis meditaciones sin tregua. El sexto día amanecí con fuertes cólicos intestinales que luego derivaron en una diarrea. De inmediato di aviso a las autoridades de la entidad y me prepararon una dieta especial a base de arroz blanco para lograr la constipación. Pero no hubo dieta que doblegara mis diarreas. El octavo día ya no tenía nada en el estómago. Lo mínimo que ingiriera (manzana rayada sin cáscara, arroz hervido o incluso, agua) era eliminado por mi cuerpo de inmediato. Había tenido dos entrevistas con el Maestro. En mi presencia fue consultado telefónicamente un médico de la institución y se me ofreció trasladarme hasta su consultorio para ser revisado. En aquel momento no vi la necesidad. Si bien la preocupación se basaba en el temor a una completa deshidratación (estábamos en pleno verano) y otras probables complicaciones, yo contaba con mi médico de cabecera en Eilat y estaba a dos días de finalizar el curso. Así es que agradeciendo me negué.
Por otro lado se barajaban los posibles motivos de la aparición de mis síntomas. Debido a que en el centro de meditación no había aparecido otro caso similar al mío en ese momento, descartábamos que se tratase de alguna comida. De hecho, se trata de alimentos muy sanos y los que siempre he digerido muy bien. Pensé en la posibilidad de que se tratara del agua que no provenía de las mismas fuentes que son el origen del agua en Eilat. No es que estuviese en mal estado ya que todos la tomaban, pero sí podía tratarse de alguna reacción de mi organismo, alérgica o de alguna otra índole. El Maestro me sugirió también que podría tratarse de "tsankaras", los cuales a veces suelen traer desagradables complicaciones hasta que son definitivamente eliminados. Se comenta que en la medida que transcurre el tiempo y el meditador se adentra en la continuidad de la práctica pueden aflorar a la superficie de la mente los más profundos, antiguos y traumáticos conflictos del individuo. En la India se denominan "tsankaras". Estos suelen ocasionar diversos síntomas, a veces extraños y difíciles de sobrellevar. Pero ésta era sólo otra posibilidad. Según fuertes recomendaciones de la disciplina se aconseja no abandonar el curso en ninguna etapa anterior a su completa finalización salvo estrictas excepciones. Yo podría haber abandonado uno o dos días antes de finalizar pero preferí hacer el esfuerzo y quedarme. A pesar de la insistencia por parte de las autoridades del lugar, poniendo personal a mi disposición para trasladarme a un centro asistencial médico o incluso hasta mi casa, tuve la sensación de que podría manejarme solo. Así esperé, entre cólicos y deposiciones, hasta que llegó el día de mi regreso a casa. Una hora y media de viaje. Luego, sólo unas horas después, ya en casa, mi recuperación se daba de manera vertiginosa. Al otro día no quedaba en mi organismo la más mínima secuela de lo que me había sucedido. No más diarrea y volvía a comer de todo. El dilema continuaba inconcluso. Podría haber sido originado por la ingestión de agua. Al viajar, la suplanté de inmediato por la de Eilat. Aunque yo, personalmente, me inclinaba a pensar que el intenso trabajo de meditación había estado hurgando en mis más profundos "tsankaras".
Al año siguiente, habiendo olvidado el episodio, retorné al centro de meditación a realizar mi seminario de diez días, según lo acostumbrado. Pero volvió a suceder lo mismo, esta vez agravado por dos situaciones. Los síntomas de diarrea no aparecieron el sexto día sino el tercero. Y de manera conjunta con mi padecimiento, se agregaban fuertes dolores en la parte baja de mi espalda y que se extendían a lo largo de la pierna izquierda. Esta situación me complicaba cualquier postura, casi inmovilizándome. Promediando el séptimo día, luego de continuos intentos de mi parte por quedarme y la incondicional y dedicada asistencia del personal de la entidad a tal efecto, debí abandonar. De igual manera que la vez anterior, las diarreas cesaron casi de inmediato luego de regresar a casa. En cuanto a mis dolores traumatológicos, debí reposar durante 48 horas, agregando algunos calmantes y antiinflamatorios.
Me encuentro recuperado. Continúo con la rutina de mis sesiones de meditación, como de costumbre. Y espero poder continuarla hasta el último de mis días. Luego veremos.
















































